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Where Do We Leave Our Innocence?

Where Do We Leave Our Innocence?

¿Y la inocencia, dónde la dejamos?

Guest post by Dahiana Vásquez 

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A few weeks ago I went to the premiere of Wonder Woman in Santiago, DR. The room was packed, not only because of anticipation around this film but also because in my country as in many others; superhero movies attract thousands of people. Oh, and of course, everyone wanted to see Gal Gadot in a superhero costume again.

But I’m not here to talk about the movie, for that there are already hundreds of articles on the web. As a matter of fact, there’s something that I want to talk about that has a lot to do with what Diana Prince (Wonder Woman) reminded me of: The importance of keeping our innocence. And I'm not referring to ingenuity of letting anyone pull you by the hair. I speak of that innocence that makes you always expect the best of people, of believing in the goodwill of others and that not necessarily every person that you cross paths with will fuck up  your life.

When I saw Diana, a girl who had never left her island before get involved in an improvised battle, suffer the death of a relative, and leave by herself for a constant war, I thought: "I give you a few more scenes to stop being such good people.” But it wasn’t so. The film continues, and despite the many new experiences, she remain innocent in the face of so many situations, but not because she is stupid or naive, but because of her honest belief that she can change things  and that there are people who deserve disinterested help.

In real life, unfortunately, it isn’t so romantic. Not even the children of 4 or 7 years are as innocent as before. I remember when I was a girl me and my brother used to spent each summers at my grandfather's house in a town in San Francisco de Macorís, where we ran back and forth in the company of my cousins. When it rained, instead of hiding in the house, we would go out into the street and compete with each other on who  stomped on the puddles of water that accumulated on the floor harder. After a while, exhausted, we would enter  the house to change clothes and have a hot chocolate that my aunt made us at night. That or a “perapiña” juice which I loved (and that I later learned does not have any pear in it).

When the electricity would go out, which was something that happened very often, especially in the summer nights, we would all sit in the gallery to make stories of my uncles when they were children, of legends of the town, things that happened to my grandfather, etc. We were innocent; we believed all the stories and were surprised by everything - we were curious and made up the world around that curiosity.

I feel that ability has been lost.

The other day while doing some analysis in a clinical laboratory, I met a boy of about three years, cheerful, affectionate, and very friendly. He showed me his toys and told me about each one in detail , however, once they needed to take a sample of his blood, you could only hear his desperate cries. I imagine what he thought when he saw the needle and as his mother had to hold him to stop him from moving. Thus, without prior notice, without anesthesia. Once it was all done, they gave him a heart-shaped palette, and Paul, that was his name, came out as if absorbed in his sadness and his lollipop. I don’t know if it was the first time they used a needle on him, but it was an experience that changed something in him, and I happen to think that is how we see ourselves when we lose our innocence.

There are so many things that happen to us as we grow and mature, that we end up expecting only the bad of everything, and maybe losing our innocence is how we protect ourselves from some disappointment. It is challenging to do like Diana, and believe in the goodwill of people when life ends up teaching you that you can’t trust everyone. Unfortunately, that innocence is one of those things that once lost, it really never comes back.

The children of today are much smarter than before, they have abilities that we didn’t have 30 years ago, but they’re still children, and I think their innocence is something that we must preserve, so maybe, when they grow up, they are better people than we are. Because however cruel reality is, in the eyes of a child things can always be transformed, we just need to teach them how even when we have forgotten it ourselves.

 

Hace unas semanas fui al estreno en Santiago de la Mujer Maravilla. La sala se llenó, no sólo por las expectativas que había, sino porque en mi país como en muchos otros, las películas de superhéroes atraen a miles de personas. ¡Ah y claro!, todos querían ver a Gal Gadot en traje de superheroína una vez más.  

Claro que no vengo a hablarles de la película, para eso ya hay cientos de artículos rodando por la web. Sin embargo, algo de lo que quiero contarles tiene mucho que ver con lo que Diana Prince (la Mujer Maravilla) me recordó: la importancia de mantener la inocencia. Y no me refiero a la inocencia de dejarse tomar el pelo por cualquiera. Hablo de esa inocencia de esperar siempre lo mejor, de creer en la buena voluntad de los demás y que no necesariamente todo el que te cruzas por el camino es para joderte la vida. 

Cuando vi a Diana, una niña que nunca antes había salido de su isla, estar envuelta en una batalla improvisada, sufrir la muerte de un familiar y salir por su cuenta hacia una guerra sin tregua, pensé “le doy par de escenas más para que deje de ser tan buena gente.” Pero no fue así. La película transcurre y a pesar de las nuevas experiencias vividas ella se mantiene inocente ante tantas situaciones, pero no por tonta o estúpida, sino por la creencia fiel en que ella puede hacer un cambio y que hay personas que merecen una ayuda desinteresada. 

En la vida real, lamentablemente no es tan así. Ni siquiera los niños de 4 o 7 años son tan inocentes como antes. Recuerdo que cuando yo era niña pasábamos los veranos en casa de mi abuelo, en un pueblo de San Francisco de Macorís, donde corríamos de aquí para allá en la compañía de mis primos. Cuando llovía, en vez de escondernos en la casa, salíamos a la calle y hacíamos competencia de quien pisaba más fuerte los charcos de agua que se acumulaban en el suelo. Luego de un rato, y cuando ya no dábamos para más, entrabamos a la casa para cambiarnos de ropa y tomar un chocolate caliente que mi tía nos hacía por las noches. Eso o un jugo de perapiña que a mi me encantaba (y que aprendí mucho después que no lleva nada de pera).  

Cuando la electricidad se iba, lo cual era algo que sucedía muy seguido, en especial en las noches de verano, nos sentábamos todos en la galería a hacer cuentos de mis tíos cuando eran niños, de leyendas del pueblo, de cosas que le pasaron a mi abuelo, etc. Éramos inocentes, nos creíamos todas las historias, nos sorprendíamos por todo, éramos curiosos y de cualquier cosa hacíamos un mundo alrededor de esa curiosidad.  

Siento que eso se ha perdido.  

El otro día mientras me hacía unos análisis en un laboratorio clínico, conocí a un niño de unos tres años, alegre, cariñoso, muy simpático. Me enseñó sus juguetes y me hizo la historia de cada uno, sin embargo una vez le tocó pasar para sacarle sangre, solo podías escuchar sus gritos desesperados. Imagino lo que habrá pensado cuando vio la aguja, como su madre tuvo que sostenerlo para evitar que se moviera. Así, sin previo aviso, sin anestesia. Al final le dieron una paleta con forma de corazón, y Paul, ese era su nombre, salió como ensimismado mirando su paleta en mano y triste. No sé si era la primera vez que lo inyectaban, pero definitivamente fue una experiencia que cambió algo en él. Creo que así mismo nos vemos cuando perdemos la inocencia. 

Son tantas las cosas que nos pasan mientras crecemos y maduramos, que terminamos esperando sólo lo malo de todo y así quizás nos protegemos a nosotros mismos de alguna decepción. Es muy difícil hacer como Diana, y a pesar de todo creer en la buena voluntad de las personas cuando la vida termina enseñándote que no puedes confiar en todo el mundo. Lamentablemente a veces creo que la inocencia es de esas cosas que cuando pierdes, no vuelven jamás.

Los niños de ahora son mucho más inteligentes que antes, tienen habilidades que nosotros 30 años atrás no teníamos, pero siguen siendo niños y creo que es algo que debemos de preservar, así tal vez, cuando crezcan, sean mejores personas que nosotros. Porque por muy cruel que sea la realidad de cada quien, ante los ojos de un niño siempre se puede transformar, sólo necesitamos enseñarles cómo. Aun cuando nosotros mismos lo hayamos olvidado.


Dahiana studied journalism in Spain and works as a multimedia producer in Santiago, Dominican Republic. She is a writer, photographer, traveler, GLR and human, and she loves to tell stories through different media and platforms like her blog. / Dahiana estudió Periodismo en España y labora como productora multimedia en Santiago, República Dominicana. Es una escritora, fotógrafa, viajera, GLR y humana, y le encanta contar historias a través de distintos medios y plataformas como su blog.

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