An Ode to My Immigrant Parents

Una Oda a Mis Padres Inmigrantes

By Naydeline Mejia

holarita_ode.png

When you think about freedom, it’s easy to pinpoint the areas in which you are not free—trust me, as a woman of color in America, there are a lot: from restrictions on my reproductive rights to overt and covert racism and prejudice—but what about the areas in which we are free? As rational and solution-oriented human beings, we tend to analyze the negatives—what is wrong with the world, the injustices that we face—to find answers and solutions; rarely do we ever ponder on what is right with the world and the freedoms we benefit from.

But, if you’re a first-generation Dominican-American, like me, the truth is: you have more freedoms than you believe yourself to have.

Let me tell you a story: In August 1979, Hurricane David hit the island of the Dominican Republic, causing massive devastation and destruction. The aftermath was so great that a worried mother and father decided to pick up their lives and immigrate to the neighboring island of Puerto Rico; the year: 1980. Soon after, in 1983, their children would join them in their new life on the island. In 1985, one of the sons would marry a beautiful woman from his pueblo of Guerra in the Dominican Republic, at the ripe age of 18. Soon after, these newlyweds would decide to leave the island of Puerto Rico and make a new life in the states. In 1988, at just 20 and 21 years of age, these lovebirds would make their way to New York City where they’ll start a new life in a country that will never accept them and boxes them into low-income, yet culturally diverse, enclaves. Here, they will raise three intelligent, ambitious, and free children. These lovebirds are my parents, and to my parents I owe everything.

From face value, it may not seem that I have many freedoms, but in comparison to my parents, I have plenty.

My parents never got the chance to go to college, but because of their hard work and sacrifice, I have had the privilege to go to college twice, and at a fair price. While my parents may stumble over consonants of the English language, I have the gift of holding two tongues: inglés y español, seamlessly maneuvering between the Spanglish of the Bodegas and the corporate language of the conference room. While my parents picked up scrappy jobs, minimum wage jobs (the ones que nadie quiere hacer, yet immigrants are somehow stealing American jobs? But that’s a conversation for another day) that pay just enough to pay the bills and get by, I have the privilege of self-exploration. I have been able to change majors and careers because of the financial support of mami and papi. Because of them, I have the potential and means to fulfill my dream of becoming a journalist. I can chase down my dreams because my parents chased down financial stability, educational support for my siblings and I, and freedom—not for them, but for the generations to come. For that, again, I owe them everything.

My parents sacrificed their freedom for my own. So, how can I say I am not free? The truth is: it’s complicated. While there are more freedoms that are yet to be won—as a woman, a Black woman, a Dominican woman, in America—I have the freedom to fight for these freedoms because of the sacrifices of my parents and those before them. So maybe freedom is not the achievement of liberty, but the power to fight for your liberty? And in that case, I am hella free.

Cuando piensas en la libertad, es fácil identificar las áreas en las que no eres librete lo digo yo que como mujer de color en Estados Unidos, son muchas cosas: desde restricciones en mis derechos reproductivos hasta racismo y prejuicios abiertos y encubiertospero, ¿qué pasa con las áreas en las que somos libres? Como seres humanos racionales y orientados a solucionar problemas, tendemos a analizar los aspectos negativos (lo que está mal en el mundo, las injusticias que enfrentamos) para encontrar respuestas y soluciones; rara vez reflexionamos sobre lo que está bien con el mundo y las libertades de las que nos beneficiamos.

Pero, si eres primera generación de Dominicanx-Americanx, como yo, la verdad es esta: Tienes muchísimas más libertades que las que crees que tienes.

Déjame contarte una historia: en agosto de 1979, el huracán David golpeó la isla de la República Dominicana, causando devastación y destrucción masiva. Las consecuencias fueron tan grandes que una madre y un padre preocupados decidieron empacar sus vidas e inmigrar a la isla vecina de Puerto Rico en el año 1980. Poco después, en el 1983, sus hijxs se unirían a ellxs en su nueva vida en aquella isla. En 1985, uno de los hijos se casaría con una hermosa mujer de su pueblo de Guerra en la República Dominicana, a la edad de 18 años. Poco después, estos recién casados decidieron abandonar la isla de Puerto Rico y hacer una nueva vida en los Estados Unidos. En el 1988, con solo 20 y 21 años de edad, estxs enamoradxs se dirigían a la ciudad de Nueva York donde iniciarían una nueva vida en un país que nunca lxs aceptaría y lxs encajonaría en enclaves de bajos ingresos, pero culturalmente diversos. Aquí, criarán a tres niñxs inteligentes, ambiciosxs y libres. Estxs enamoradxs son mis xadres, y a mis xadres les debo todo.

A simple vista, puede parece que no tengo muchas libertades pero, en comparación con mis xadres, tengo muchísimas.

Mis padres nunca tuvieron la oportunidad de ir a la universidad, pero debido a su arduo trabajo y sacrificio, he tenido el privilegio de ir a la universidad dos veces, y a un precio justo. Si bien mis xadres se tropiezan con las consonantes del idioma inglés, tengo el don de mantener dos lenguas: inglés y español, maniobrando a la perfección entre el Spanglish de las bodegas y el idioma corporativo de la sala de conferencias. Si bien mis padres obtuvieron empleos difíciles, con salario mínimo (los que nadie quiere hacer, pero lxs inmigrantes de alguna manera están “robando empleos” estadounidenses... pero esa es una conversación para otro día) que pagan lo suficiente para pagar las cuentas y sobrevivir, yo tengo el privilegio de la autoexploración. He podido cambiar de carreras gracias al apoyo financiero de mami y papi. Gracias a ellxs, tengo el potencial y los medios para cumplir mi sueño de convertirme en periodista. Puedo hacer todo esto porque mis xadres persiguieron la estabilidad financiera, el apoyo educativo para mis hermanxs y para mí, y la libertad, no para ellxs, sino para las generaciones venideras. Por eso, de nuevo, les debo todo.

Mis xadres sacrificaron su libertad por la mía. Entonces, ¿cómo puedo decir que no soy libre? La verdad es que es complicado. Si bien hay más libertades que aún no se han ganado (como mujer, negra, dominicana, en Estados Unidos), tengo la libertad de luchar por estas libertades debido a los sacrificios de mis xadres y las generaciones anteriores. Entonces, ¿tal vez la libertad no es el logro de la libertad, sino el poder de luchar por dicha libertad? Y en ese caso, soy demasiao’ libre.


Naydeline is a student of life, k-beauty aficionado, and low-key micro-influencer from The Bronx, NY. She's Michelle Obama's #1 fan and often writes about relationships and beauty. She's passionate about social justice and wants to break the stigma around mental illness in the Latinx community. Her goals include: graduating from college, becoming a digital storyteller, and founding a non-profit organization. / Naydeline es una estudiante de la vida, aficionada de la belleza y una micro-influencer del Bronx en Nueva York. Ella es la fan # 1 de Michelle Obama y a menudo escribe sobre relaciones y belleza. Le apasiona la justicia social y quiere romper el estigma de las enfermedades mentales en la comunidad Latinx. Sus objetivos incluyen: graduarse de la universidad, convertirse en narradora digital y fundar una organización sin fines de lucro.