Bachata in Timberland Boots

Bachata en Botas Timberland

Guest story by Juan Robles

IMG_9631.PNG

A train makes its way through an underground tunnel and despite being filled with passengers, all that’s heard is the sound of the wheels as they race on the tracks. It’s four in the morning on a Wednesday. In any other city, this is an odd sight but not in New York City. Not in my home.

It’s a strange thing to come to terms with the reality that my homeland isn’t my home. While I was born in the Dominican Republic, I came of age in New York City. For a young and impressionable mind, moving here was comparable to winning a coveted golden ticket to Willy Wonka’s chocolate factory – but in place of chocolate rivers and fear tunnels, you had the Hudson River and the Brooklyn-Battery Tunnel.

Just as Charlie walked through Willy Wonka’s factory with wide-eyed amazement, so did I my first few days in this new city. Every day was a new adventure and because of that, my homeland didn’t stand a chance. Dominican Republic was a far-off country that I visited once every three years for eight weeks while New York City had my friends and a culture that I grew to claim as my own.

All of this isn’t to say, however, that I am not proud to be from that small, vibrant island in the Caribbean. In many ways, I am still very Dominican – it’s just that my personal brand of Dominicanism is enhanced with a New York City flavor. It’s a “screw you” with an accent over the “you” and dancing Bachata while wearing Timberland boots.

Truth be told, it couldn’t have been any other way. From the moment the plane wheels landed on the tarmac on that cold February in 1991, the notion that the Dominican Republic is my home was 1,534 miles behind me. As I once told my parents, I love my homeland but I can’t live there. New York City shaped me to be the person I am today. It’s my home and it will always be.
 

Un tren se abre camino a través de un túnel subterráneo y, a pesar de estar lleno de pasajeros, lo único que se oye es el sonido de las ruedas mientras corren por las vías. Son las cuatro de la mañana de un Miércoles. En cualquier otra ciudad, esto es algo extraña, pero no en la ciudad de Nueva York. No en mi casa.

Es algo extraño aceptar la realidad de que mi tierra natal no es mi hogar. Mientras nací en República Dominicana, crecí y me formé en la ciudad de Nueva York. Para una mente joven e impresionable, mudarse aquí era comparable a ganar un boleto para la fábrica de chocolate de Willy Wonka, pero en lugar de ríos de chocolate y túneles de miedo, tenía el Río Hudson y el túnel de Brooklyn-Battery.

Así como Charlie caminó por la fábrica de Willy Wonka con asombro, fueron mis primeros días en esta nueva ciudad. Cada día era una nueva aventura y, debido a eso, mi patria no tenía chance. República Dominicana era un país lejano que visitaba una vez cada tres años durante ocho semanas, mientras que la ciudad de Nueva York tenía a mis amigos y una cultura que crecí para reclamar como mía.

Todo esto no quiere decir que no me enorgullezco de ser de esa pequeña y vibrante isla en el Caribe. En muchos sentidos, sigo siendo muy dominicano, es solo que mi marca personal de dominicano se ha mejorado con un sabor de Nueva York. Es un "jódete" con un acento sobre el "’te" y bailando Bachata mientras con botas Timberland.

Para ser honesto no quisiera que mi historia fuese de otra manera. Desde el momento en que las ruedas de avión tocaron la pista de aterrizaje en ese frío febrero de 1991, la idea de que República Dominicana es mi hogar estaba a 1,534 millas detrás de mí. Como una vez les dije a mis padres, amo mi tierra pero no puedo vivir allí. La ciudad de Nueva York me formó para ser la persona que soy hoy. Es mi hogar y siempre lo será.


Juan S. Robles is an Emmy nominated video editor, producer and writer from Brooklyn, NY. / Juan Robes es un editor nominado a un Emmy, productor y escritor de Brooklyn, Nueva York.